Luna de queso, sol de membrillo... para los chiquillos Mi libro de juegos y lenguaje
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https://doi.org/10.56865/dgenam.pd.2024.6.12.386Resumen
Mucho de lo que somos nos lo ha dado el lenguaje. Las palabras amables o severas con que crecimos dejaron huella en nosotros. La dulzura de las palabras nos resulta natural, respondemos a ellas y con ellas cantamos. Las palabras amargas, en cambio, nos alejan y nos retraen con la falsa impresión de un desahogo. No todas las palabras son iguales. Lo luminoso de unas es antídoto para la sombra de otras y la oscuridad de unas enturbia aquello dicho para edificar. Pero hay más: lo dulce para unos llega a ser lo amargo en otros,
como cuando un exceso de amabilidad se torna exasperante; o, al contrario, cuando una palabra fuerte, proferida en confianza, reafirma el apego.
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